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Vida cotidiana y postureo

Vida cotidiana y postureo

¿Quieres salir conmigo?

untitledEs posible que Dani Rovira tenga un monólogo desternillante sobre este tema, pero eso no me impide plasmar la siguiente reflexión, que me lleva a unos recuerdos de hace bastante tiempo.

‘Pedir salir’ siempre me resultó muy difícil. Incómodo. Por la vergüenza, sobre todo. Era un trámite un tanto engorroso, obligado para muchos de los que teníamos quince años y bebíamos los vientos por alguien. Pasado el tiempo, es posible que guarde relación con el, para algunos, relativo deber de casarse sin haber practicado sexo: pedir salir significaba iniciar un camino, a ser posible corto, para el primer beso -y para el segundo. Desde luego: había gente que se besaba antes de pedirse salir, como modalidad harto más espontánea. El estar ‘saliendo’, en este último caso, podía darse a entender, siempre que hubiera pasión de por medio, o podía plantearse de manera explícita, cuando se tuviera un cierto afán de control o de certificación de que lo que estaba pasando estaba sucediendo realmente así (a veces, somos algo complicados).

Recuerdo la primera vez que pedí salir. Fue, al mismo tiempo, una de las últimas. Muerto de vergüenza, comprobé que ella, si no andaba igual de cortada, lo estaba mucho más. Lo primero: sugerir un tema de conversación trivial, como un comentario sobre el calor que hacía, sobre qué planes tenía para el verano… sobre la inminente guerra de la antigua Yugoslavia (muy efectivo). Como en muchas otras ocasiones, yo debí de hacerlo relativamente mal, pues después de un comentario sobre un tema trivial pasé directamente a una pregunta que deslicé como se desliza con toda probabilidad un monopatín sin ruedas por un pedregal. El maldito interrogante comenzaba ya a arañarme el esófago. La fórmula empleada para convertirme en el embajador temporal de Cupido, como la de la coca cola (de la que hablábamos, por cierto, en la anterior entrada), no será aquí revelada.

Normalmente y a aquellas edades, este tipo de ‘atrevimientos’ suelen estar bastante pactados. Como todo en la vida, en realidad: los que arriesgan de verdad suelen ser una minoría, muchos menos de los que lo cuentan. “Pídele salir, que te va a decir que sí”, me decían algunos amigos hechos consejeros sin experiencia en la materia, o ese tipo de conocidos tan ubicuos y tan dados a disfrutar del papel de intermediarios. Muchos de estos últimos han terminado, de manera consecuente, como brókers en el mercado de las divisas… o como ‘dealers’ en el de las drogas de debajo de los puentes de los arroyos…

El caso es que, como la transición a la democracia, todo parecía atado y bien atado. Pero, de repente, el cordel no estaba por ninguna parte.

“No te conozco bien”, me dijo.

Aquello era una paradoja, pero no quise hacérselo saber para no caer en abstracciones que, bajo el solano, amenazaban a la salud de aquel proyecto amoroso. Me decía que no porque no me conocía bien pero, dadas las cosas -no estábamos en el mismo grupo de amigos-, ‘salir’ representaba la única forma de que nos conociéramos. ¿Sabía lo que decía? Poco consciente de la trampa argumental, decidí creerme la parte positiva del mensaje, con una ingenuidad suficiente como para contratar a Paco Correa como organizador de mi fiesta de cumpleaños y dejarle para ello la tarjeta de crédito de mis padres. Con la nueva empresa de darme a conocer, de hacerle saber de mis encantos personales y espirituales, me esforcé durante un mes en infructuosas apariciones entre unos amigos suyos que me veían como un personaje poco apto como pretendiente.

El hechizo y la ingenuidad prolongaron la agonía del amor en aquel largo y emocionante estío. Una mañana de domingo se confirmó la catástrofe: a través de un emisario telefónico, esta chica -que no nombro por su seguridad y, además, porque no me acuerdo demasiado bien de cómo se llama- me hizo saber que había pasado página. Según lo declarado por este mediador enormemente diplomático (al que tuve que llamar yo, menuda forma de enterarme), ella andaba algo “agobiada” recientemente con “muchas cosas” que hacer -estábamos a mediados del mes de agosto y no pasábamos de la quincena. Decepcionado, belicoso y armado con una bicicleta, me presenté por mi cuenta en las cercanías de su lugar de residencia para saber ‘la verdad’. Era tal mi valentía que cuando marchaba hacia mi destino fatal -todavía me creía capaz de ‘salvar los muebles’, me decía-, veía en los cristales de los coches reflejado al Cid Campeador y al Ché Guevara al mismo tiempo. Estos inspiradores guerreros no me valieron para mucho: la pobre chica, al borde de solicitar las por entonces más raras órdenes de alejamiento, suscribió ante mí palabra por palabra las declaraciones del intermediario y se marchó sin dejarme apenas la posibilidad de réplica. Una réplica que, dadas mis capacidades de oratoria en las distancias cortas, no hubiera servido precisamente para desquitarme del chasco…

El tiempo pasó y los vientos del verano se tornaron otoñales, como pasa cada doce meses, lo suficiente como para que demos una especial y emocional importancia a este periódico fenómeno. La vi por el colegio, pero ya no quedaban opciones exceptuando el secuestro. Esta chica debía caer en el olvido: la adolescencia y la futura madurez me reservaban placeres ignotos: pero yo me resistía a ceder; no quería que se me olvidara. Otra vez el Cid. Y el Ché, con medio kilo de plomo en la selva boliviana. Para colmo, el hermano de mi otrora musa potencial, compañero mío de clase, enterado del asunto y dotado de una lengua viperina, se ocupó durante algunos meses de recordarme lo dudoso de mi hazaña.

Dicen que las primeras historias de amor nunca se olvidan. Para mí este es un relato frustrado, pero no del todo descartable. Recordar aquel temblor de tierra debajo de mí, aquella ilusión casi desnuda, así como aquella estúpida seguridad que me llevaron a proponerle matrimonio adolescente no tienen precio a días de hoy. No fueron correspondidos, pero sí fueron reales. Las caras de mis amigos, tan bobas como la mentalidad de sus propietarios, que meses después tendrían que hacer lo mismo que yo o cosas mucho peores… Las llamadas telefónicas desde aparatos fijos no menos tontas, con el ‘qué le has dicho’ y ‘por qué te ha respondido eso’. Las esperas, las esperanzas, el amargo final, en realidad, no tan amargo…

El dolor duele. No cabe duda. ¿Pero acaso no compensa? En aquel verano íbamos en bici a todas partes y creíamos haber descubierto la pólvora con nuestras andanzas. Teníamos razón. En esa inocencia, en esa credulidad de quien se considera el primer Romeo o la segunda Julieta empoderada están la fuerza de los Cid Campeadores, de las Juana de Arco o de los Ché Guevara que, pese a andar pasados de plomo, siguen moviéndose, bien sea para salvar los muebles, bien para saber la verdad. La única moraleja efectivamente aplicable que pienso extraer es que no es aconsejable mirar cómo se refleja uno en los cristales de los coches mientras se marcha en bicicleta por la carretera: porque a veces esos cristales pueden cobrar vida. La DGT está conmigo: si pides salir, hazlo con moderación.

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Cuando la coca cola se nos salía por las narices

fiestas-cumpleaños-juegosCuando éramos pequeños, siempre nos hacía ilusión ir a los cumpleaños de nuestros amigos. Eran fiestecillas que tenían lugar en la morada de quien pasaba a tener un año más a partir de ese día. Con unas mesas que se hacían estrechas porque en ellas aquellos platos blancos de plástico, con ‘drakis’, con ‘medias noches’ y con trozos de queso y jamón de york, se apelotonaban para dar de comer a una auténtica piara de amigos y de compañeros de clase que, sintiéndose libres de la evaluación paterna, podían llegar a comerse cualquier tipo de plato rechazable durante la vida rutinaria y vigilada.

No era raro que, si las cosas iban medianamente bien, se cayera alguno de aquellos vasos de plástico al suelo, volcando la coca cola y forzando a los padres de quien fuera a sacar la fregona. La coca cola en el suelo, cuando no era atendida a tiempo, dejaba un poso, una especie de pasta pegajosa que nos gustaba pisar aunque fuera por morbo. No había un buen cumpleaños en el que un niño (o una niña, joder) no tirara, al menos, alguno de esos vasos.

Quizá menos frecuentemente, pero como consecuencia del ambiente distendido, de la diversión o de la oportunidad de ver a tus compañeros de clase en un ambiente distinto al de las aulas, nos partíamos, en ocasiones, de risa. Y eso hacía que a algunos la coca cola se les saliera por la nariz. Algo que podía resultar desternillante para los demás, pero que no era precisamente agradable al portador de este líquido elemento del capitalismo del siglo veinte.

Cómo era la coca cola cuando éramos pequeños. Nuestros padres, que nos cuidaban bien, no nos dejaban tomar más de un vaso al día, o a la semana… Y en los cumpleaños nos encontrábamos con toda la que queríamos, aunque a veces no estuviese todo lo fría que pudiéramos desear. En estas fiestas, la coca cola se devaluaba: había una cierta euforia porque podías beber casi todas la que quisieras. Por eso, probablemente, la dejábamos pasar por nuestro tabique nasal. Seguramente algunos niños, al hacerse mayores, han permitido que su tabique se socialice con otro tipo de sustancias cuyos nombres comienzan de manera parecida pero que terminan de manera muy, muy diferente.

En fin, cumpleaños. Coca cola y amigos. Y a mí, que ahora no me gusta cumplir ni una semana. Los vasos que se caen ahora se rompen, como se destrozan algunas cosas que antes eran casi, casi de goma. Y la coca cola tiene un sabor alcohólico. Y no se nos sale por las narices. Será que bebemos mejor. Que nos reímos menos. O que ya no somos tan amigos. Ya sabemos por dónde empezar, y no parar hasta que repitamos aquellas hazañas dudosas, pegajosas y, qué tontería, un poquito vergonzantes.

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Andando entre huertos urbanos

Os decía en una entrada anterior que estoy viviendo en San Sebastián de los Reyes, en uno de los municipios del norte de Madrid. 20160707_120226Y que trabajo llevando la comunicación en un Ayuntamiento. El otro día estuvimos viendo huertos urbanos. Unas parcelas que el consistorio ha dejado para el libre cultivo de tomates, calabacines, habas, pepinos, incluso de sandías. Los espacios dedicados para que los que más saben de esto cultiven sus productos mejoran con mucho los aprovechados por el Ayuntamiento. Esto refuerza tesis liberales sobre la mayor eficiencia del orden natural de la eficiencia humana, más o menos en la jerga de Friedrich Hayek, pero no quise complicar la mañana con cosas por las que te pueden bajar el sueldo.

Lo cierto es que estuvimos un buen rato con estos campesinos urbanos que están disfrutando de la posibilidad de cultivar sus productos y fue mucho más agradable que permanecer en la eterna jerga política de todos los días. Tomo distancia y me imagino a estos señores morenos y arrugados por el paso de los días de sol a sol, sus arrugas faciales como surcos reflejo de los trabajos hechos en el campo a lo largo de toda su vida, capaces de medir el tiempo por signos naturales ajenos a las agujas de un reloj. Su mirada, paciente y desconfiada, como la de un animal que, pese a la tranquilidad de la mañana, prevé con cierta exactitud que pronto la calma se tornará en tormenta.

Estos señores miran con esa ligera desconfianza a nuestro alcalde. Al fin y al cabo está solo haciendo su trabajo de todos los días, pensarán. Pero yo sé que este prefiere cien veces más estar con ellos que con los focos de los medios. Porque es infinitamente más agradable perderse en el lenguaje experto de los que ven nacer los tallos que los de los que quieren hacer pasar una realidad por la única verdadera.

Igual ni son tan expertos, sino personas que buscan una buena razón para estar un rato en la calle. Sin ver a la parienta, bromea uno de ellos. La ciudad o el pueblo es un espacio urbano que, si se quiere, puede convertirse en sede y prolongación de esa vida comunitaria que nos acoge y que nos da sentido en parte de nuestra existencia.

Pues eso, huertos urbanos. Y de vuelta al coche y a trabajar, o a seguir trabajando. Me he escondido un tomate, espero que no me lo vean.

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… mucho tiempo después

IMG_0104Llevo mucho tiempo sin escribir, ya lo sé. He dedicado las últimas semanas y meses a terminar un libro que sacaré en octubre, con la Editorial Comares: “¿Cómo se gobierna España?” Para los que no seáis muy de libros académicos, podéis esperar a que se estrene la película. Parece que Nicole Kidman hará de la protagonista que se desnuda cada vez que la cámara la enfoca, y Bruce Willis, de profesor amargado que empieza a disparar por los pasillos con su fusil. Promete mucho sexo, explosiones y, sobre todo, sustos.

Llevo ya cuatro meses en San Sebastián de los Reyes, Madrid. Una ciudad con alma, como dicen aquí. Trabajo en el Ayuntamiento. A veces me toca ir con el alcalde a visitar peñas taurinas, cofradías, clubes, inauguraciones… Y no está del todo mal. El otro día se manchó y tuvimos que volver a su casa porque no quería llegar con un lamparón más grande que yo en la camisa. Aquel día aprendí una técnica fundamental en asesoría de imagen: si te manchas, vuelves a tu casa y coges otra camisa, que para eso eres el alcalde. Las cosas terminaron bien: llegamos a la peña taurina y nadie se dio cuenta de que el alcalde se había manchado: en la nueva camisa no quedaba señal alguna de la mancha que se hizo en la otra. Trucos más increíbles se han visto en los consistorios estos pasados años de falsa bonanza.

San Sebastián de los Reyes es una ciudad pueblo particular, como todos. A veces, me siento como Doctor en Alaska: no me entero de nada. Pero esto no es Alaska. Ayer estábamos a 40 grados. Y eso no está nada bien cuando se hace de noche y no sopla el viento.

En próximas entradas hablaremos de los asuntos más apremiantes: Brexit, Trump, Rajoy… De todo aquello de lo que se opina desde la barra de un bar. Parece como si el conocimiento (superficial) se hubiera democratizado: ¡qué horrible forma de democracia!

Hala, nos vemos en la próxima.

Deportes Vida cotidiana y postureo

Los partidos de fútbol que me gustaban

futbol-salaEstaba pensando escribir sobre la crisis de estancamiento secular en la que se encuentra la economía mundial cuando me he acordado de una cosa y he cambiado radicalmente de idea.

Cuando éramos pequeños, lo llamábamos “la pipa”.

No, no me preguntéis el porqué. No, no va de eso. Ojalá, quizá.

Resulta que cuando éramos niños jugábamos mucho al fútbol en la urbanización, “abajo”, como decíamos en casa. Eran unas plantas diáfanas muy… diáfanas, con columnas que supongo que servían para sostener el edificio que teníamos encima (o, por lo menos, los primeros pisos, que los otros ya se sostendrían a partir de estos). Pero entonces yo esto no lo valoraba arquitectónicamente de este modo y me quedaba con que las columnas estaban fundamentalmente para jodernos. Las porterías se deducían del espacio entre dos de estas y había unas cuantas más de la cuenta para sortear a lo largo del partido. Como nunca nos tomamos muy en serio este deporte esta infraestructura resultaba suficiente para jugar los mejores campeonatos.

Fue entonces cuando surgió la idea. Un día, tratando de marcar un gol a un portero bastante resistente, a alguien se le ocurrió cubrir al guardameta. Sí, marcar al portero. Copiar sus movimientos, burlarse de él y, a ser posible, taparle la visión. Así llegó “la pipa”: alguien muy lúcido, probablemente un ingeniero empezó a gritar ¡una pipa, una pipa!  El portero, que no estaba acostumbrado a cosas como esas, se acababa desconcentrando. Entonces era relativamente fácil marcar un gol desde fuera del área, que acababa poblada de “jugadores” cubriéndose unos a otros. La pipa se institucionalizó por la repetición: cada vez que alguien gritaba “¡una pipa!”, con ingeniero o no, se repetía la misma maniobra. El portero nunca terminaba de reaccionar bien. Quizá el ser humano no había evolucionado lo suficiente para llegar, en los años noventa, a establecer un mecanismo que evitara las malas consecuencias de la pipa.

Por tanto, la pipa era letal.

Lo que pasa es que la pipa solo la podíamos utilizar cuando jugábamos entre conocidos. Con “los mayores” nos hubiera dado vergüenza. Los mayores se caracterizaban por muchas cosas, entre ellas por pegarte una hostia. No hubieran entendido la pipa. No estaban preparados.

No necesito un intenso psicoanálisis para descubrir que mi falta de interés por el fútbol se basa en que el deporte rey es bastante parco en pipas. Imaginaos a Cristiano Ronaldo, sí, ese modelo de gallumbos, cubriendo a Zubizarreta. Perdón, a Iker Casillas. Casillas acabaría casi llorando, gritando al portugués, y encajando los goles de Julio Salinas…

Pero la pipa es algo más importante en mi opinión. Es el símbolo de lo que nunca volverá. Nunca más volveré a estar jugando “abajo”, en mi urbanización, con mis amigos y hermanos. Cubriendo al portero. Hinchándome de reír y gritándole gordo al de siempre. La única forma sería tener un hijo pero, como dice George Constanza en la serie Seinfeld, “para eso, primero necesito una cita”.

Y no creo que mis hijos lo hicieran igual de bien que nosotros. No es un arte fácil el de cubrir a un portero. Hay que saber ir a contracorriente. Y aceptar de vez en cuando llevarse alguna que otra hostia. Cosas de la incomprensión de los tiempos que vivimos.

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Sobre matarse con un piano siendo casi vegetariano

pi_2Llevo unos días resfriado, muy acatarrado, y mi amigo el Cortina de Humo (al que nos referíamos con detalle aquí) lo atribuye al caso de la alfalfa, un truculento asunto ya tratado en esta bitácora hace unos días. Para él, en suma, una alimentación a base de alfalfa y productos similares es virtualmente generadora de resfriados e, intuyo, otras enfermedades respiratorias.

Comete mi amigo ese error típico de confundir la realidad con el deseo (con su deseo); ese irresistible anhelo de tener una razón que, además, justificaría por descarte su condenable conducta alimenticia.

Y, además, realiza mi colega una atribución causa-efecto un tanto injusta: estoy resfriado porque me alimento básicamente de coliflores. Por el mismo procedimiento deductivo, si yo, al salir del bar, fuese fatalmente impactado por un piano que caía del cuarto piso del edificio, tendría poco menos que soportar la siguiente sentencia: “Has muerto porque has salido en el momento equivocado del bar equivocado”. Mi espíritu, de camino al limbo, bien podría girar la cabeza y gritarle: a ver, gilipollas, quizá mi salida del bar no haya sido la única causa de mi espectacular -y no poco morboso y musical- óbito; tal vez el hecho, algo más anómalo, de un piano suicida en caída libre haya podido influir un poco en mi desguace perpetuo. Entonces, ¿qué factores deberían pesar más, los que queremos colocar bajo el foco de la culpa (la alfalfa, salir de un bar inocentemente) o los que bien podrían tener más posibilidades de ser los desencadenantes (una cierta ola de frío que te pilla desabrigado, un instrumento musical dejándose caer)?

Estamos haciendo esto todos los días. Quiero decir: lo de la causa y el efecto. Deducimos donde no tenemos que deducir porque el deseo de saber y de sentenciar nos nubla la vista. Eliminamos explicaciones alternativas. Y, sobre todo, opinamos, porque es algo que todavía no ha sido gravado. Por esta razón volverá la prima de riesgo. Y José Luis Moreno a Televisión Española. Por lo menos.

De entrenadores está llena La Rosaleda (y, seguro, el Bernabéu), y de médicos y psicólogos están repletos los bares de cualquier ciudad, capitalina o de provincias. Son una plaga. Y todos, contra las dietas, bocadillo de zurrapa en una mano, café con azúcar o sacarina en la otra. Que revienten.

Aun así, no paro de pensar en que hay algo de malo en todo lo que está ocurriendo. Tanto verde, tanto vegetal, tanta alimentación presuntamente sana… No sé en qué punto de la ciudad se sortea la caída de un enorme piano pero a veces me gustaría estar justo debajo. En tal caso sí habría causa-efecto: individuo tratando de morir un poco antes de su hora busca piano a gran velocidad en dirección opuesta y fatal. Y encima tendría que pedir perdón, desde el limbo, al dueño del instrumento musical. Que, como hemos podido ver en alguna película, se suele caer con facilidad de las habitaciones, no lo olvidemos.

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2010-2015. Molestar fue, es y sigue siendo lo que cuenta

Estoy cerrando una etapa. Hace ya tiempo que me marché (o que me marcharon) de la Universidad para tener que navegar, aunque sea temporalmente, en otras aguas diferentes. No me siento muy a gusto con la presente etapa, porque en muchas ocasiones me pregunto por qué o para qué hice esto o aquello, y si algo de todo ello merecerá la pena.

Quizá por estas razones he querido recordar ahora lo vivido a lo largo de estos últimos cinco años:

Era octubre de 2010 y yo era un redactor de la Web de Informativos Telecinco. Estaba rodeado de esos periodistas que narran acontecimientos “dantescos” en las playas y en las costas españolas. Con cierto sigilo, había comenzado a ser blogger del periódico PÚBLICO, aquel diario fundado en septiembre de 2007 con el que muchos llevábamos mucho tiempo soñando colaborar. Fue entonces cuando volví de Madrid a Málaga para aprovechar la oportunidad de hacer un doctorado financiado por el Ministerio de Educación. La vuelta a Málaga fue dura: dejaba a muchas personas detrás, pero me reencontraba con otras delante y, además, tenía la suerte de toparme con algunas nuevas.

PÚBLICO (hasta que lo cerraron) fue una experiencia extraordinaria (gracias Marco, Nacho y Guillermo). Con ellos analicé la crisis financiera, la revolución árabe, el caso Assange, etc. Un día, un tal Pablo Iglesias Turrión me llamó por teléfono para que acudiera a su tertulia, “La Tuerka”, a debatir sobre la guerra en Libia con Íñigo Errejón, Jaime Pastor y con los mismísimos Chikos del Maíz. Entonces eran unos desconocidos; ahora podrían ocupar algún que otro ministerio relevante del gobierno.

Al mismo tiempo, cursaba dos másters de Sociología distintos y preparaba el inicio de una tesis que luego sería otra distinta. Y, entonces, llegó el 15M: una tarde me dije a mí mismo que no me podía permitir perderme algo así, algo que podría tener tanta importancia después. Algunos días más tarde creamos la Comisión de Educación Económica y fuimos muchísimos durante más de un año. Otra Economía para otra sociedad. Alumnos de instituto que venían para aprender qué estaba pasando…

Con la Comisión a todo tren y con una tesis sobre las élites del poder en España arrancando, unos contactos me dieron la ocasión de hablar de los jóvenes españoles y del 15M en la UNESCO y en la OCDE en París. Fueron semanas de sueños: el 15 de octubre de 2011 aparecía Occupy Wall Street. Quizá Podemos y Bernie Sanders tengan mucho que ver con lo que se vivió durante aquel mágico año. París, Notre Dame, la Torre Eiffel, aquel frío de otoño, aquel nigeriano compañero de habitación que se perdía en el metro y con el que cantaba por la calle… Aquellas otras cosas que merecieron tanto la pena y que no pueden aquí plasmarse…

Hubo que “centrarse”. La Comisión terminó como acabó la etapa inicial del movimiento de los indignados. Pasé dos meses en Michigan en excelente compañía y tuve la oportunidad de conocer Harvard. La tesis apremiaba y en Málaga tuve que impartir docencia a dos grupos distintos: para mí era todo un reto. Irme a dormir a las diez para estar a las seis escribiendo, coger la bicicleta y darles clases a los de Comunicación Audiovisual y Pedagogía. Quizá guarde mi mayor éxito personal y profesional en esta época, cuando me hice cargo de dos cursos con mucha ilusión y energía: a pesar de todo lo que llevaba encima, no paraba de pensar en unos alumnos que para mí eran y serán siempre especiales. Al final, con algunos acabamos hasta haciendo teatro, gracias a la ayuda desinteresada de la compañía Trasto.

Llegó la estancia de tres meses en Toulouse que se convirtió en una permanencia de siete… Y me hubiera quedado muchos más. Nuevos amigos, un idioma por conocer y unas experiencias que me remiten a quizá la mejor época de mi vida. Gracias a todos los que allí me ayudasteis, a los hobbits, a los primos de zumosol, a los mexicanos, a los franceses, a los costarricenses, a las valencianas… No se debe volver a una tierra en la que fuiste tan feliz pero allí guardo a una parte importante de mis amigos y al menos una vez al año me permito la reincidencia.

Terminaba la tesis dos años y medio después de haberla empezado dándoles clases a los alumnos de magisterio de primaria: gente estupenda y que después ha demostrado tener una enorme vocación. Los tres grupos de clase de la UMA han sido todo un lujo para mí: no sé si es cuestión de suerte o es que me guardaron a los mejores alumnos. Pero fue un esfuerzo enormemente recompensante.

El día de la tesis temía al tribunal, pero el tribunal se comportó mejor que yo, dejándome expresarme a mis anchas en mis respuestas finales y comportándose como un amable, educado, crítico y profesional grupo de expertos que me dejarían hacerme doctor. Un escenario algo distinto del tugurio en el que acabé bastantes horas después, la noche cerrada, y mis amigos de Madrid, que bajaron expresamente para el sedante espectáculo doctoral y, sobre todo, para el crimen nocturno posterior.

Lo que queda entre aquel junio de 2014 hasta hoy es un período mucho más sobrio, menos ilusionante pero también satisfactorio. Las clases de teatro, el grupo de alumnos del Máster de Sociología (excelentes), el duro trabajo de elaborar artículos en inglés para revistas extranjeras que después no los quieren, que a veces la gente no responda como esperabas… Estos últimos meses impartía algunas clases en una universidad privada en Sevilla con alumnos muy inteligentes pero carentes de la pasión y el interés de los de Málaga. No creo que sea culpa de ellos ni de nadie. Pero al menos, y por casualidad, me enteré de lo que significa la palabra “biodanza”, y voy a seguir pronunciándola.

Pasadas las navidades y con la primavera empujando la puerta, me veo a punto de pasar a otra etapa. Se me brinda una interesante oportunidad en Madrid relacionada con la comunicación institucional. ¿Qué pasará con la Universidad, si tan bien dices que te fue? Pues que, por ahora, ella no me quiere mucho, pero que si me quiere querer, tendrá tiempo para hacerlo y para que la reconciliación tenga lugar.

Entretanto, seguiré con mis amigos de siempre y con los que surjan, que serán como siempre bienvenidos. Este quinquenio ha sido, sin duda, fantástico, pero ha tenido episodios de todo género. He perdido a mis tres abuelos, he conocido el dolor que produce que una terrible enfermedad ocupe buena parte de la vida de un amigo muy querido, he podido volver a convivir con mi familia… En definitiva, la vida, una televisión de muchos canales de sintonización obligatoria y a veces sorpresiva.

Seguiremos ahí (y aquí), dando caña, como decía Jack Black en “School of Rock”. Siempre atentos para molestar. Porque molestar es lo que cuenta. Y no vamos a dejar de hacerlo. Gracias.

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Sobre tener que comer alfalfa

espinacasTengo un amigo que, por una serie de razones, se encuentra en una situación un tanto desagradable. No me ha dado permiso alguno para contarlo por aquí, pero la escasez de lectores me protege (la libertad de expresión es inversamente proporcional a la audiencia).

El caso es que mi amigo tiene una afección sanguínea, un principio de enfermedad en la sangre. Seria, pero no grave. El primer punto es ese: cómo puede ser algo serio sin ser grave. O sea, que te dan el diagnóstico y tú te pones serio pero no te tapas la cara con las manos. Serio, pero no grave. Lo que el médico quería decir es que mi amigo se tiene que vigilar los niveles de unas cosas y de otras de por vida. Si no, no moriría, pero lo pasaría muy, muy mal.

Por lo que me cuenta, su vida tampoco es que fuera una fiesta constante, pero a partir de ahora va a ser una auténtica calamidad, dado que ha sido obligado a seguir una dieta draconiana.

En primer lugar, debe eliminar el cerdo, la carne roja y el pan, si este se ha hecho con trigo. Dado que no es musulmán ni tiene plan de serlo en los próximos meses, lo del cerdo y la cantidad de derivados que de este mamífero pueden obtenerse, es algo más que un inconveniente. Lo de la carne roja, con el auge de Podemos, casi tiene un pase. Pero lo del pan, lo del pan es… Es simbólico: en tiempos de guerra, de pobreza, de necesidad… Negarle el pan a alguien es como pedirle que entregue la cuchara… Una dieta sin pan es un llamado a la inanición (esto lo debió de decir Churchill a micro cerrado un día de esos que tenía de inspiración).

Pero bueno, todo por la salud. Si me, perdón, si le quitan el pan, de follar, ni hablamos: café, refrescos, coca-cola, fritos (¡fritos!), procesados industriales y azucarados refinados, el propio azúcar y sus derivados. Solo miel. La miel en los labios.

El caso es que mi amigo se ha dado cuenta de que le quedan pocos alimentos, entre estos, la alfalfa. Alfalfa. Ha ido al Mercadona a comprar y se ha dado cuenta de que se perdía por los pasillos. La cara de los dependientes cuando les preguntaba por pan de avena, leche de arroz o avena… Dependienes normales, de toda la vida, que te ven como un converso. Un gilipollas. Toda una década metiéndose con los veganos, llamando cetáceos a los celíacos y promoviendo el gluten obligatorio para todos y ahora es uno de ellos. El campeón de todos.

Las recomendaciones le han llegado hondo. En la cola para pesar unas cuantas zanahorias, ha mirado de refilón el trasero de las dos chicas de delante. Y se ha sentido mal. La carne, el pecado… Me cago en la puta dieta de los cojones.

Al final, para qué engañarnos, ha llegado a la caja con un carro lleno de cosas que apenas pesan. Tomates, lechuga, brócoli (¿se escribe así?), espinacas. Se acabó eso de las cenas fáciles. Se acabó la pizza. Se terminó el bienestar. Ahora hay que hervirlo casi todo, como cuando tenía chupete…

Es increíble lo rápido que puede cambiar la vida de una persona: que te dejen inválido tras un accidente, que te estalle una bomba en plena yihad… O que te receten una muerte lenta. Recuerdo un cortometraje en el que Stephen King (sí, el escritor que a tantos nos gusta) se iba convirtiendo poco a poco en árbol. ¿Y si ocurre aquí lo mismo?

Yo creo que a mi amigo le va a pasar algo parecido. Solo la Providencia podría aportar un giro de 180 grados a la historia: que, a la hora de ir a hacer de vientre, se diera cuenta de que podía “producir” enormes onzas de oro que lo jubilarían ipso facto.

Eso sí sería un happy end, un buen cambio de última hora y una razón para seguir comiendo alfalfa. Entretanto, mi amigo seguirá mascando, a ver si las cosas mejoran y, al menos, le estalla pronto una bomba de esas.

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Sobre “el cortina de humo”

En el malagueño Bar Rainbow lo llaman el “cortina de humo”. Pero lo llaman así desde hace dos semanas prácticamente, porque él lleva ya yendo al Rainbow unos treinta años y estas camareras son algo jóvenes. Siempre el SUR en la mano, Antonio disecciona de 9,30 a 10,00 la actualidad mientras se mete un café con leche (un mitad), un zumo y un pitufo de zurrapa. Casi nada. Yo intento no perderme la tertulia en vivo y bajo casi en pijama desde mi cuarto (más o menos, unos quince metros más allá del bar).

Es mucho tiempo analizando el Pravda malagueño para controlar todo lo que sucede en la ciudad y, además, para hacerlo de modo crítico. ¡Ves, Andrés, esto del Astoria otra vez, otra cortina de humo del alcalde! En mitad de un monólogo a lo Gabilondo, Antonio te cita a Machado para justificar el descreimiento que le genera la política actual. No, no es un cuñado de esos que lo arregla todo en dos patadas. Reconoce que las cosas son difíciles, pero sí tiene esa típica añoranza de aquellos que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aunque este tiende más a una explicación circular de la historia: todo termina repitiéndose.

No pasa un minuto de las diez, y el “cortina de humo” ya se ha marchado, puntual, al tajo. Si quieres seguir discutiendo con él lo tienes que visitar en la portería de los bloques rojos, justo al lado. Últimamente estamos algo pendientes de su escudero, en el hospital después de una serie de complicaciones estomacales. Esperemos que se ponga bien pronto y que el Rainbow recobre de nuevo todo su brío.

Málaga tiene estas cosas. Es una ciudad relativamente pequeña en la que se puede recrear con facilidad un cierto sentimiento de comunidad: un círculo de conocidos que se ven habitualmente y que dan sentido a esa idea de barrio que no es solo la del asentamiento urbano: la rutina, la repetición, las mismas historias, los mismos personajes. Una razón más para levantarse por la mañana.

Sociedad y cultura Vida cotidiana y postureo

Sobre las Reinas Magas

reinas magasHa habido mucho revuelo con esto de las Reinas Magas. Podríamos abrir un debate sobre la igualdad de género en el ámbito de la magia, rasgarnos las vestiduras afirmando que la cabalgata de Valencia ha sido un asesinato al imaginario infantil, etc. Pero, por aportar algo diferente que no siembre ruido ni crispación, querría recordar una anécdota de mi infancia:

Tendría yo unos siete u ocho años. Era día de Reyes, sobre las dos de la tarde y, no sé muy bien por qué, andaba yo husmeando en el cuarto de mis padres cuando, al abrir un armario, vi un enorme regalo envuelto. Mis padres, que debían de andar cerca, improvisaron: “¡Mira, Andrés, los Reyes te han dejado el regalo en este armario! ¡Mira qué bien, ya tienes uno más!”

Y, contento por haber conseguido un regalo que no me esperaba, no me hice muchas preguntas. No era precisamente el momento: ¿quién se hace preguntas cuando tiene siete años y obtiene un regalo adicional a las dos de la tarde?

Y todo esto viene a cuento porque si en algo consiste el mito de los Reyes Magos es en la capacidad de los niños para creerse el cuento. Que los Reyes lleven calzones, bragas o no lleven nada no suele interesarles. Como mucho, que arrojen suficientes caramelos. Son cosas de estos enanos, que no se han hecho lo suficientemente gilipollas como para que se les considere adultos y que tienen esa lucidez que permite relativizar lo superfluo.