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Otra corrupción es posible

ignacio-gonzalez-abc--644x362Estas semanas están siendo muy animadas en lo que a noticias de corrupción se refiere. Se podría afirmar que están saliendo casos de personas que no habían sido imputadas antes, pero que encajan perfectamente en su nuevo papel.

A uno, que está bastante limitado de recursos económicos y que, además, está acostumbrado a vivir con pocas cosas -pero que, no obstante, son suficientes y de sobra para una existencia sencilla y satisfactoria-, le sorprende el ensañamiento, la codicia y la agonía de quienes, desde puestos de poder en principipo democrático, han puesto en marcha todos los resortes posibles para ganar muchísimo dinero. Tantísimo, que llega ese divertido punto paradójico en el que no saben dónde meterlo, cómo gastarlo o de qué manera esconder los cuantiosos billetes.

Creo que la ciudadanía ha llegado a un punto de rebeldía e indignación en el que puede aspirar a demandar otro tipo de corrupción: “Porque otro tipo de corrupción es posible”. Maneras más sofisticadas, rastros menos evidentes, escasas exhibiciones de lujos, formas más valientes y honestas de aceptar los cargos cuando estos se presentan… Una corrupción propia de un país perteneciente a un club de ricos  como es, todavía, la Unión Europea.

Hay que ser optimista: las nuevas generaciones, que ya han estudiado más de un máster, pueden cumplir este reto. A ellas les corresponde el testigo de aspirar a robar sin dejar tanto rastro; a gastar lo hurtado en privilegios menos ostentosos; a repartirlo mejor entre sus colaboradores (como una suerte de socialización del robo); a hacer el mínimo daño físico posible y, por supuesto, y llegado el caso de la detención, a ser capaces de aceptarlo todo, a hacer una buena autocrítica y a prometer una actuación más limpia e inteligente en el futuro.

Igual que esperamos la regeneración de la democracia, de la socialdemocracia, del centro político y de la organización de los rebeldes kurdos en la costa marbellí, debemos exigir con todas nuestras fuerzas un modelo de corrupción ajustado al siglo XXI, que haga de la elegancia su razón de ser, algo que permitirá justificar su existencia y su pervivencia al margen de los pequeños esfuerzos que desde los tribunales y las autoridades se vienen realizando. Juntos podemos conseguirlo. Pásalo… e ilusiónate, joder.

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Nada

A vec32083497es, los árboles no nos dejan ver el bosque. Entre tantas novedades editoriales rimbombantes, a veces hay que dejar un hueco a lo que se hizo en el pasado. Y por eso quiero dedicar unos minutos a comentar una obra recién leída que me ha dejado un hondo sentimiento de plenitud. Se trata de “Nada”, la novela de Carmen Laforet que en 1944 se llevó el Premio Nadal.

A veces puede merecer la pena comentar las circunstancias en las que se da con una obra de tal calibre. Hurté “Nada” -no es la primera vez que me llevo un libro de esta manera- de un rastrillo que unos jóvenes idealistas están realizando para expandir la cultura en el municipio de San Sebastián de los Reyes. A pesar de que fui casi inmediatamente descubierto (“¡el único que robaría un libro de aquí serías tú, Villena!”), decidí devorarlo y, solo quizá, devolverlo después.

El caso es que “Nada” no engancha prácticamente nada. No es precisamente un “thriller” que te arrastra de página a página. Pero una lectura más fina, más profunda, y más paciente, permite entrever que sobre el lienzo de la poco tranquila historia se pinta y se trazan realidades infinitamente más potentes que la trama principal. Andrea, la protagonista de la historia, expone a lo largo de la historia el éxtasis de su adolescente juventud, la explosividad de sus sentidos y lo doloroso y placentero que supone vivir de cara a sus emociones. Andrea describe paisajes de la Barcelona de posguerra que habitan mitad en su interior, mitad en el exterior. Sin ser ni mucho menos un experto en el tema, diría que la protagonista secuestra la trama para preñar una novela inolvidable del mayor impresionismo que puede caber en esta forma de hacer arte.

“Nada” fue una de las primeras bombas literarias del franquismo. Después vendrían muchas más. Había mucho que contar, pero también, mucho que callar, pues al servicio del pensamiento correcto había todo un ministerio de control y propaganda. Quizá el contraste entre la riqueza interior de Andrea y la podredumbre y la zafiedad de su entorno familiar pueda ser suficiente para trazar una dialéctica entre lo que podíamos haber sido y lo que de verdad éramos en España por aquellos tiempos.

No quiero contar mucho más sobre la novela de Carmen Laforet, pero quienes quieran disfrutar de una prosa enriquecida y nada redundante, empalagosa o repetitiva; quienes todavía crean en la fuerza de la verdad de los sentimientos crudos e inocentes de la adolescencia y quienes consideren un regalo divino disfrutar de la suerte de mirar una sucesión de cuadros inolvidables al tiempo que la trama alcanza su desenlace definitivo pueden hacerse con esta novela de formas más ortodoxas que las mías.

Ya sé que no doy para crítico literario. Ni para ladrón, todo hay que decirlo.

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La pureza era cosa de Hitler…

Afirmaba Félix de Azúa en un artículo en EL PAÍS (de hace ya mucho tiempo, no encuentro el enlace, lo siento) que Adolf Hitler era uno de los pocos gobernantes que había logrado cumplir con su programa electoral. De manera irónica, el escritor catalán venía a decir que la política realmente deseable es normalmente aburrida y suele decepcionar, y que desconfiar de los visionarios debería formar parte de toda actitud política madura.

Tenía su lógica pensar así por entonces: España crecía al 3% con el primer Zapatero y los mayores problemas declarados por los españoles eran la inmigración (los “cayucos” para adherirse a los andamios), el terrorismo de ETA y la autoría de los atentados del 11M. Después, vino el diluvio. El caos. Y el rescate: primero, el indirecto, con los recortes del presidente Zapatero y, después, el directo, con la implosión de Bankia (el Lehman Brothers español) y la posterior intervención europea. La democracia en un solo país, como afirmó el fallecido Javier Pradera, había quedado suspendida.

Y entonces, la gente salió a la calle una tarde de mayo de 2011 y dejó a los visionarios decir una serie de cosas que durante las décadas anteriores solo decía Julio Anguita y se consideraban chorradas. Y en muchos casos, estas chorradas fueron mencionadas por los dirigentes políticos más atentos a los cambios sociales. Al principio, con cierta extrañeza, como el que prueba un potaje de lagarto. Pero después, pasado el tiempo, pudimos ver a la Abogada del Estado Dolores de Cospedal congregando a los ciudadanos “a las plazas” como lugar natural y originario para discutir sobre nuestros problemas.

El mínimo ejercicio de mímesis que la clase política (no todos son iguales, por supuesto, creo que no hace falta decirlo) realizó después del 15M no ocultó la crisis de la democracia que vivimos. Salieron después liderazgos personalistas, populistas y mediáticos. La utilización indirecta que el grupo fundacional de Podemos hizo de las televisiones basura para ascender en los sondeos y lograr casi 70 escaños debería ser objeto de una tesis-homenaje al situacionista Guy Debord, que afirmó que en la sociedad del espectáculo el capital se ha transformado en imagen. Plusvalía para Planeta y Mediaset a cambio de la potenciación del enemigo rojo del Siglo XXI. Menudo contrato.

Pero ahora resulta que muchos “críticos” comienzan a afirmar que las CUP (que yo creo valientes en mandar a Mas a freír espárragos), que Ada Colau o que el propio Pablo Iglesias han acabado por entrar en “el sistema”. Que están “a todas”. Que quieren poder…

¿Cómo podía ser de otro modo? Dado que desde las asambleas no se puede acceder al BOE sino, en demasiadas ocasiones, discutir sobre representantes o no representantes (el sexo de los ángeles de los revolucionarios), los otrora líderes de “los de abajo” han accedido a las instituciones, lo que conlleva un cierto grado de transformación. Ahora son políticos (no comparto lo de “casta”, sí lo de “clase” y solo en algunos casos) que quedan sujetos a una serie de normas y roles, muchas de las cuales deberán cumplir. Por eso decepcionarán, pero lo harán si seguimos agarrados a un pueril ejercicio de pureza revolucionaria que lleva a bastante poco.

La nueva política ya es política y ha llegado para quedarse. Y, sorpresa, aspirará a ser socialdemócrata: a tratar de intervenir en las grandes empresas para que no sigan siendo monstruos intratables, a acercar algo más las instituciones a los ciudadanos, a resaltar (a veces con actos un tanto extemporáneos) que el español es un Estado laico, a tratar de redistribuir mejor lo que les dejen y a dar gritos porque son algo más jóvenes que los demás. Deberán aprender de los viejos y los viejos de ellos. Porque de los nuevos y de los que estaban se formarán mayorías para tratar de que este país haga algo bueno en los próximos años y, si no, para que al menos parezca que se hace algo. Así es la política y por muchos gritos que se den y muchas emisoras de radio subidas de tono seguirá tendiendo más a la estabilidad que al cambio. Y, con todo, muchos seguiremos siendo muy afortunados. Bienvenidos al 2016.

Análisis político Economía y sociedad Sin categoría

El TTIP, ¿un tratado para gobernarlos a todos?

foto bez1Seguro que en alguna de estas cenas navideñas o prenavideñas has terminando coincidiendo con tus amigos, familiares o compañeros de trabajo en que una España con menos trabas burocráticas sería un destino más atractivo para las inversiones y, con ello, para el crecimiento económico. Existen pocas dudas de que esto sea cierto: imaginar un territorio en el que invertir no solo se permite sino que se incentiva oponer pocos inconvenientes. Pero frecuentemente y, sobre todo, cuando queremos abarcar grandes áreas geográficas, estas situaciones ideales (propias de los modelos económicos) brillan por su ausencia.

Como aplicación de esta regla general, los debates que han tenido lugar acerca del denominado Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP, en inglés), muestran una compleja problemática, un conjunto de luces y sombras que produce mucha incertidumbre. Dado que los ciudadanos tendemos a prestar atención, como afirmaba en los años cincuenta el sociólogo Wright Mills, a las informaciones que sirven para confirmar nuestros propios perjuicios, corremos el riesgo de escoger dos opciones peligrosas: la primera, la del portavoz de una empresa multinacional, que insiste en que no hay alternativa a un tratado obligatorio y casi natural; la segunda, la del panfleto político que denuncia la legitimación de otro nuevo retroceso social contra el que hay que combatir. Por estas razones, procede dedicar un breve espacio a las razones, ventajas e inconvenientes planteados por el mencionado tratado en ciernes.

No está el horno para…

En una fase económica de estancamiento secular, en la que las naciones occidentales no han sido capaces de encontrar recursos para poder salir de la crisis de manera convincente (y ahí están las cifras de paro en nuestro país), no es extraño que las altas instancias internacionales planteen alternativas para mejorar el clima inversor y, con esto, dar un fuerte empuje a la economía. Así viene siendo desde que a finales de los años setenta y durante las décadas siguientes, las políticas públicas más extendidas fueran aquellas que trataban de convertir a los Estados en los mejores destinos para la realización de inversiones nacionales e internacionales. La doctrina de la globalización y la de la movilidad de los capitales terminaron por imponerse, demandando la supresión de las trabas burocráticas, determinados regímenes fiscales disuasorios o acuerdos laborales que encarecieran el coste de la mano de obra. De esta forma, las naciones así liberalizadas recibirían más inversiones, lo cual repercutiría en una acumulación de riqueza que terminaría beneficiando a todas las capas sociales. Era el trickle down economics, uno de los cimientos del denominado neoliberalismo político y económico que, con matices, rige las principales líneas de la política económica en las naciones occidentales hoy en día.

Por qué nos conviene el TTIP

El tratado TTIP juega un papel complementario a las reformas aplicadas durante las décadas previas pero con algunas modificaciones: en primer lugar, se plantea en un período en el que muchas economías nacionales (como la española) están fuertemente apalancadas y no han encontrado la manera de salir de las trampas de deuda en las que, por razones diversas, cayeron en los años anteriores; en segundo lugar, llevaría a la constitución de una zona comercial que, entre la Unión Europea y los Estados Unidos, englobaría un mercado de unos 850 millones de consumidores, lo que implica un innegable y enorme potencial de creación de riqueza e intercambio; en tercer lugar, la oportunidad de crear esta gigantesca área podría favorecer un principio de proyecto occidental común, en un momento en el que potencias como China y la India experimentan cifras de crecimiento muy superiores y, en la mayoría de los casos, reflejan un respeto de los derechos humanos algo más que deficiente.

Observados estos factores, todo parece indicar que la mayoría de las disposiciones de este tratado serán aprobadas. Y de que este traerá algunos beneficios y oportunidades de negocio: incremento de un comercio con menos trabas, más inversiones, nuevos puestos de trabajo… En un mundo marcado por las nuevas tecnologías, un tratado de este calibre potenciaría la idea de que el planeta se ha vuelto accesiblemente pequeño y de que podemos vivir distintas realidades con un solo clic, con un billete de avión relativamente barato o con determinados intercambios menos controlados o tasados. La intensificación del proceso globalizador no se limita al comercio, sino que asimismo implica el intercambio y la comunión entre las culturas. Este mundo en continua comunión puede dar lugar también a nuevos sentimientos, identidades y proyectos que acaben sorprendiéndonos positivamente.

Las sombras…

Pero, como en todo proyecto con múltiples intereses implicados, no todo va a ser luces. La marcada opacidad de las negociaciones –que ha llevado a la denuncia por parte de distintos organismos especializados-, la preeminencia de los lobbies corporativos y el protagonismo de las multinacionales y de sus intermediarios con los gobiernos democráticos siembran muchas dudas y promueven el piensa mal y acertarás.

La primera, la más importante y la más genérica de las notas negativas se resume en un cierto determinismo comercial e inversor que actúa como la prueba del algodón de la política a aplicar: si una disposición incrementa las inversiones, si facilita el comercio y los intercambios y si promueve a medio plazo el crecimiento, es buena y debe aprobarse, cueste lo que cueste. Incluso desde la ideologizada ciencia económica existen muchos ejemplos que reducen esta máxima a la categoría de aberración social.

… son alargadas

Este imperativo comercializador amenaza el estatus de determinados bienes y servicios que como el agua, la sanidad y la educación, no deberían sobrepasar nunca una determinada barrera como la que se cierne sobre ellos. Legitimar la posibilidad de privatizarlos sería dar un paso de gigante al que no se atrevieron los gobernantes más atrevidos del pasado.

Otro aspecto preocupante hace referencia a la existencia de un tribunal de arbitraje entre las empresas y los Estados, el ISDS (en sus siglas en inglés), que se encargaría de dirimir los litigios entre ambas partes. Por ejemplo, la aprobación de una normativa parlamentaria en España que limitase los beneficios de una multinacional para proteger a los consumidores podría ser objeto de una denuncia por parte de una determinada empresa que se considerase perjudicada. La cuestión aquí sería saber quién conformaría estos tribunales, de dónde procederían los jueces y por quiénes serían asesorados. Y qué grado de transparencia se daría a este tipo de procesos. El imperativo de la ceguera de la justicia podría quedar fuertemente dañado si todo sigue como está previsto.

Incrementar las relaciones comerciales con los Estados Unidos (donde los latinos son cada vez más influyentes) puede dar a España la posibilidad de negociar con una gran nación en un momento en el que tanto ejecutivos como políticos alemanes dejan escapar la cantinela de la Europa a dos velocidades. Pero esta posibilidad tiene también un coste: la uniformización de los criterios legislativos podría llevarnos a regirnos por las mismas normativas laborales que los norteamericanos…

En definitiva, el TTIP representa una nueva área de comercio e inversiones en un período de decadencia de un Occidente que continúa promoviendo salidas de cierto interés. Grandes oportunidades comerciales y empresariales que alternan su brillo con las amenazas al medio ambiente, a los derechos sociales y a otros bienes públicos, como la protección de los datos personales, del consumidor o del medio ambiente. Haría falta un buen ejercicio de información periódica y de discusión por parte de expertos de distintas orientaciones para que pudiéramos inclinarnos a aceptar o a negarnos a este nuevo desafío. Como seguramente permaneceremos en la carta de ajuste, desde bez.es proponemos el siguiente interrogante: ¿Son las inversiones la condición última para la existencia de una democracia avanzada o bien debemos trabajar por una sociedad cada vez más democrática que, además, sea capaz de recibir una cuantía adecuada de inversiones?

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