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Deportes Vida cotidiana y postureo

Los partidos de fútbol que me gustaban

futbol-salaEstaba pensando escribir sobre la crisis de estancamiento secular en la que se encuentra la economía mundial cuando me he acordado de una cosa y he cambiado radicalmente de idea.

Cuando éramos pequeños, lo llamábamos “la pipa”.

No, no me preguntéis el porqué. No, no va de eso. Ojalá, quizá.

Resulta que cuando éramos niños jugábamos mucho al fútbol en la urbanización, “abajo”, como decíamos en casa. Eran unas plantas diáfanas muy… diáfanas, con columnas que supongo que servían para sostener el edificio que teníamos encima (o, por lo menos, los primeros pisos, que los otros ya se sostendrían a partir de estos). Pero entonces yo esto no lo valoraba arquitectónicamente de este modo y me quedaba con que las columnas estaban fundamentalmente para jodernos. Las porterías se deducían del espacio entre dos de estas y había unas cuantas más de la cuenta para sortear a lo largo del partido. Como nunca nos tomamos muy en serio este deporte esta infraestructura resultaba suficiente para jugar los mejores campeonatos.

Fue entonces cuando surgió la idea. Un día, tratando de marcar un gol a un portero bastante resistente, a alguien se le ocurrió cubrir al guardameta. Sí, marcar al portero. Copiar sus movimientos, burlarse de él y, a ser posible, taparle la visión. Así llegó “la pipa”: alguien muy lúcido, probablemente un ingeniero empezó a gritar ¡una pipa, una pipa!  El portero, que no estaba acostumbrado a cosas como esas, se acababa desconcentrando. Entonces era relativamente fácil marcar un gol desde fuera del área, que acababa poblada de “jugadores” cubriéndose unos a otros. La pipa se institucionalizó por la repetición: cada vez que alguien gritaba “¡una pipa!”, con ingeniero o no, se repetía la misma maniobra. El portero nunca terminaba de reaccionar bien. Quizá el ser humano no había evolucionado lo suficiente para llegar, en los años noventa, a establecer un mecanismo que evitara las malas consecuencias de la pipa.

Por tanto, la pipa era letal.

Lo que pasa es que la pipa solo la podíamos utilizar cuando jugábamos entre conocidos. Con “los mayores” nos hubiera dado vergüenza. Los mayores se caracterizaban por muchas cosas, entre ellas por pegarte una hostia. No hubieran entendido la pipa. No estaban preparados.

No necesito un intenso psicoanálisis para descubrir que mi falta de interés por el fútbol se basa en que el deporte rey es bastante parco en pipas. Imaginaos a Cristiano Ronaldo, sí, ese modelo de gallumbos, cubriendo a Zubizarreta. Perdón, a Iker Casillas. Casillas acabaría casi llorando, gritando al portugués, y encajando los goles de Julio Salinas…

Pero la pipa es algo más importante en mi opinión. Es el símbolo de lo que nunca volverá. Nunca más volveré a estar jugando “abajo”, en mi urbanización, con mis amigos y hermanos. Cubriendo al portero. Hinchándome de reír y gritándole gordo al de siempre. La única forma sería tener un hijo pero, como dice George Constanza en la serie Seinfeld, “para eso, primero necesito una cita”.

Y no creo que mis hijos lo hicieran igual de bien que nosotros. No es un arte fácil el de cubrir a un portero. Hay que saber ir a contracorriente. Y aceptar de vez en cuando llevarse alguna que otra hostia. Cosas de la incomprensión de los tiempos que vivimos.