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Andrés Villena Oliver

Análisis político

Un ‘Reich’ que podría regresar

LILLE, FRANCE - MARCH 10: Former US President advisor Steve Bannon gives a press conference during the French far-right Front National (FN) party annual congress on March 10, 2018 at the Grand Palais in Lille, north of France. Le Pen will attempt to revive her battered party this weekend at a conference with a proposal to ditch the tainted National Front brand, seen as a key hurdle to winning power. on March 10, 2018 in Lille, France. (Photo by Sylvain Lefevre/Getty Images)Acabo de terminar ‘El mundo de ayer’, las memorias de Stefan Sweig, que relatan cómo Europa se despeñó, sin apenas darse cuenta, por el precipicio de la primera y, después, de la segunda guerra mundial.

La historia narra a través de la primera persona del autor los sufrimientos de quienes habían visto en Europa un proyecto que solo se salvaría a través de la unidad, de la solidaridad y de la implicación de las distintas naciones que la integraban. Fallaron estos elementos y, con ellos, todo lo demás.

Al mismo tiempo que concluyo este libro, sigo leyendo noticias sobre una corriente nacionalista de ultraderecha que quiere consolidarse en Europa: ‘El Movimiento’, promovido por el empresario de la información Steven Bannon, ex asesor de Donald Trump y consultor político a quien se responsabiliza de la victoria del magnate hotelero y del triunfo electoral del Brexit.

Según confirman diarios de todo el mundo, Bannon, que cuenta ya con el apoyo explícito de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, quiere implantar “la verdadera democracia en nuestro continente”. Por ello, se estima que esta iniciativa podría recabar hasta diez millones de dólares, para, como primer objetivo, hacerse con el control del Parlamento Europeo.

No hace falta imaginarse las consecuencias que podría tener que el nuevo fascismo, protegido por un manto semántico suavizado y pasado por estudios de ‘big data’, podría tener para nuestro futuro.

La crisis y la dinámica de la economía global durante las últimas décadas, como concluyen los análisis más fiables, han creado un perfecto caldo de cultivo para que muchos se sientan con cierta razón excluídos. Precariedad, pobreza y, además, la sensación de que otros se aprovechan de nosotros: inmigrantes embrutecedores, élites políticas separadas del ‘pueblo’, banqueros conectados con oscuras redes globales… Todos estos fantasmas regresan del pasado como motivos de odio… Solo que algunos de ellos tienen más capacidad para defenderse que los demás.

Entretanto, los partidos tradicionales, forjados en tiempos de reconstrucción europea y de democracia parlamentaria, siguen dormidos. La supuesta recuperación no ha sido suficiente para volver a las situaciones pasadas que, además, no eran precisamente sostenibles; pero peor aún puede ser esa sensación de odio insuflado a determinadas masas. Un sentimiento de sospecha que permanecerá durante mucho tiempo pese a que los números comiencen a cuadrar.

En este intervalo temporal, Bannon y, sobre todo, quienes le financian y se coordinan con este, tienen una oportunidad. Y los que aspiramos a analizar la realidad con ciertas garantías no deberíamos restarles importancia.

Vida cotidiana y postureo

¿Quieres salir conmigo?

untitledEs posible que Dani Rovira tenga un monólogo desternillante sobre este tema, pero eso no me impide plasmar la siguiente reflexión, que me lleva a unos recuerdos de hace bastante tiempo.

‘Pedir salir’ siempre me resultó muy difícil. Incómodo. Por la vergüenza, sobre todo. Era un trámite un tanto engorroso, obligado para muchos de los que teníamos quince años y bebíamos los vientos por alguien. Pasado el tiempo, es posible que guarde relación con el, para algunos, relativo deber de casarse sin haber practicado sexo: pedir salir significaba iniciar un camino, a ser posible corto, para el primer beso -y para el segundo. Desde luego: había gente que se besaba antes de pedirse salir, como modalidad harto más espontánea. El estar ‘saliendo’, en este último caso, podía darse a entender, siempre que hubiera pasión de por medio, o podía plantearse de manera explícita, cuando se tuviera un cierto afán de control o de certificación de que lo que estaba pasando estaba sucediendo realmente así (a veces, somos algo complicados).

Recuerdo la primera vez que pedí salir. Fue, al mismo tiempo, una de las últimas. Muerto de vergüenza, comprobé que ella, si no andaba igual de cortada, lo estaba mucho más. Lo primero: sugerir un tema de conversación trivial, como un comentario sobre el calor que hacía, sobre qué planes tenía para el verano… sobre la inminente guerra de la antigua Yugoslavia (muy efectivo). Como en muchas otras ocasiones, yo debí de hacerlo relativamente mal, pues después de un comentario sobre un tema trivial pasé directamente a una pregunta que deslicé como se desliza con toda probabilidad un monopatín sin ruedas por un pedregal. El maldito interrogante comenzaba ya a arañarme el esófago. La fórmula empleada para convertirme en el embajador temporal de Cupido, como la de la coca cola (de la que hablábamos, por cierto, en la anterior entrada), no será aquí revelada.

Normalmente y a aquellas edades, este tipo de ‘atrevimientos’ suelen estar bastante pactados. Como todo en la vida, en realidad: los que arriesgan de verdad suelen ser una minoría, muchos menos de los que lo cuentan. “Pídele salir, que te va a decir que sí”, me decían algunos amigos hechos consejeros sin experiencia en la materia, o ese tipo de conocidos tan ubicuos y tan dados a disfrutar del papel de intermediarios. Muchos de estos últimos han terminado, de manera consecuente, como brókers en el mercado de las divisas… o como ‘dealers’ en el de las drogas de debajo de los puentes de los arroyos…

El caso es que, como la transición a la democracia, todo parecía atado y bien atado. Pero, de repente, el cordel no estaba por ninguna parte.

“No te conozco bien”, me dijo.

Aquello era una paradoja, pero no quise hacérselo saber para no caer en abstracciones que, bajo el solano, amenazaban a la salud de aquel proyecto amoroso. Me decía que no porque no me conocía bien pero, dadas las cosas -no estábamos en el mismo grupo de amigos-, ‘salir’ representaba la única forma de que nos conociéramos. ¿Sabía lo que decía? Poco consciente de la trampa argumental, decidí creerme la parte positiva del mensaje, con una ingenuidad suficiente como para contratar a Paco Correa como organizador de mi fiesta de cumpleaños y dejarle para ello la tarjeta de crédito de mis padres. Con la nueva empresa de darme a conocer, de hacerle saber de mis encantos personales y espirituales, me esforcé durante un mes en infructuosas apariciones entre unos amigos suyos que me veían como un personaje poco apto como pretendiente.

El hechizo y la ingenuidad prolongaron la agonía del amor en aquel largo y emocionante estío. Una mañana de domingo se confirmó la catástrofe: a través de un emisario telefónico, esta chica -que no nombro por su seguridad y, además, porque no me acuerdo demasiado bien de cómo se llama- me hizo saber que había pasado página. Según lo declarado por este mediador enormemente diplomático (al que tuve que llamar yo, menuda forma de enterarme), ella andaba algo “agobiada” recientemente con “muchas cosas” que hacer -estábamos a mediados del mes de agosto y no pasábamos de la quincena. Decepcionado, belicoso y armado con una bicicleta, me presenté por mi cuenta en las cercanías de su lugar de residencia para saber ‘la verdad’. Era tal mi valentía que cuando marchaba hacia mi destino fatal -todavía me creía capaz de ‘salvar los muebles’, me decía-, veía en los cristales de los coches reflejado al Cid Campeador y al Ché Guevara al mismo tiempo. Estos inspiradores guerreros no me valieron para mucho: la pobre chica, al borde de solicitar las por entonces más raras órdenes de alejamiento, suscribió ante mí palabra por palabra las declaraciones del intermediario y se marchó sin dejarme apenas la posibilidad de réplica. Una réplica que, dadas mis capacidades de oratoria en las distancias cortas, no hubiera servido precisamente para desquitarme del chasco…

El tiempo pasó y los vientos del verano se tornaron otoñales, como pasa cada doce meses, lo suficiente como para que demos una especial y emocional importancia a este periódico fenómeno. La vi por el colegio, pero ya no quedaban opciones exceptuando el secuestro. Esta chica debía caer en el olvido: la adolescencia y la futura madurez me reservaban placeres ignotos: pero yo me resistía a ceder; no quería que se me olvidara. Otra vez el Cid. Y el Ché, con medio kilo de plomo en la selva boliviana. Para colmo, el hermano de mi otrora musa potencial, compañero mío de clase, enterado del asunto y dotado de una lengua viperina, se ocupó durante algunos meses de recordarme lo dudoso de mi hazaña.

Dicen que las primeras historias de amor nunca se olvidan. Para mí este es un relato frustrado, pero no del todo descartable. Recordar aquel temblor de tierra debajo de mí, aquella ilusión casi desnuda, así como aquella estúpida seguridad que me llevaron a proponerle matrimonio adolescente no tienen precio a días de hoy. No fueron correspondidos, pero sí fueron reales. Las caras de mis amigos, tan bobas como la mentalidad de sus propietarios, que meses después tendrían que hacer lo mismo que yo o cosas mucho peores… Las llamadas telefónicas desde aparatos fijos no menos tontas, con el ‘qué le has dicho’ y ‘por qué te ha respondido eso’. Las esperas, las esperanzas, el amargo final, en realidad, no tan amargo…

El dolor duele. No cabe duda. ¿Pero acaso no compensa? En aquel verano íbamos en bici a todas partes y creíamos haber descubierto la pólvora con nuestras andanzas. Teníamos razón. En esa inocencia, en esa credulidad de quien se considera el primer Romeo o la segunda Julieta empoderada están la fuerza de los Cid Campeadores, de las Juana de Arco o de los Ché Guevara que, pese a andar pasados de plomo, siguen moviéndose, bien sea para salvar los muebles, bien para saber la verdad. La única moraleja efectivamente aplicable que pienso extraer es que no es aconsejable mirar cómo se refleja uno en los cristales de los coches mientras se marcha en bicicleta por la carretera: porque a veces esos cristales pueden cobrar vida. La DGT está conmigo: si pides salir, hazlo con moderación.

Sin categoría Vida cotidiana y postureo

Cuando la coca cola se nos salía por las narices

fiestas-cumpleaños-juegosCuando éramos pequeños, siempre nos hacía ilusión ir a los cumpleaños de nuestros amigos. Eran fiestecillas que tenían lugar en la morada de quien pasaba a tener un año más a partir de ese día. Con unas mesas que se hacían estrechas porque en ellas aquellos platos blancos de plástico, con ‘drakis’, con ‘medias noches’ y con trozos de queso y jamón de york, se apelotonaban para dar de comer a una auténtica piara de amigos y de compañeros de clase que, sintiéndose libres de la evaluación paterna, podían llegar a comerse cualquier tipo de plato rechazable durante la vida rutinaria y vigilada.

No era raro que, si las cosas iban medianamente bien, se cayera alguno de aquellos vasos de plástico al suelo, volcando la coca cola y forzando a los padres de quien fuera a sacar la fregona. La coca cola en el suelo, cuando no era atendida a tiempo, dejaba un poso, una especie de pasta pegajosa que nos gustaba pisar aunque fuera por morbo. No había un buen cumpleaños en el que un niño (o una niña, joder) no tirara, al menos, alguno de esos vasos.

Quizá menos frecuentemente, pero como consecuencia del ambiente distendido, de la diversión o de la oportunidad de ver a tus compañeros de clase en un ambiente distinto al de las aulas, nos partíamos, en ocasiones, de risa. Y eso hacía que a algunos la coca cola se les saliera por la nariz. Algo que podía resultar desternillante para los demás, pero que no era precisamente agradable al portador de este líquido elemento del capitalismo del siglo veinte.

Cómo era la coca cola cuando éramos pequeños. Nuestros padres, que nos cuidaban bien, no nos dejaban tomar más de un vaso al día, o a la semana… Y en los cumpleaños nos encontrábamos con toda la que queríamos, aunque a veces no estuviese todo lo fría que pudiéramos desear. En estas fiestas, la coca cola se devaluaba: había una cierta euforia porque podías beber casi todas la que quisieras. Por eso, probablemente, la dejábamos pasar por nuestro tabique nasal. Seguramente algunos niños, al hacerse mayores, han permitido que su tabique se socialice con otro tipo de sustancias cuyos nombres comienzan de manera parecida pero que terminan de manera muy, muy diferente.

En fin, cumpleaños. Coca cola y amigos. Y a mí, que ahora no me gusta cumplir ni una semana. Los vasos que se caen ahora se rompen, como se destrozan algunas cosas que antes eran casi, casi de goma. Y la coca cola tiene un sabor alcohólico. Y no se nos sale por las narices. Será que bebemos mejor. Que nos reímos menos. O que ya no somos tan amigos. Ya sabemos por dónde empezar, y no parar hasta que repitamos aquellas hazañas dudosas, pegajosas y, qué tontería, un poquito vergonzantes.

Análisis político

Podemos rompe España

pablo-iglesias-lider-de-podemos-con-su-numero-2-inigo-errejon_560x280Podemos hizo la transición y diseñó la España autonómica. Podemos apoyó el GAL y después lo utilizó para desbancar al PSOE, al que no podía vencer por las urnas. Podemos salvó a Jordi Pujol y entorpeció la labor del fiscal Fernández Villarejo para encarcelarlo por el ‘caso Banca Catalana’. Podemos firmó con este mismo líder de CiU el ‘Pacto del Majestic’, comerciando con los nacionalistas de derechas su investidura en 1996 y hablando catalán en la intimidad. Podemos intimó con Arzalluz, concediéndole más que el PSOE en década y media. Podemos puso urnas y recogió firmas contra el Estatut en el 2006, mientras sugería que ZP era poco menos que el autor intelectual del 11M. Podemos recurrió el Estatut al Constitucional, infestado de miembros de Podemos que rechazaron el estatuto catalán en 2012, precipitando los acontecimientos.

Como Podemos hizo todo lo señalado arriba, no es difícil deducir que también ha causado el conflicto que amenaza con acabar en cascada con la España actual. Algunos que no somos militantes de Podemos y que diferimos en mil cosas de esta formación percibimos que este partido se ha convertido en el chivo expiatorio de una democracia a la que le falta mucho para dar lecciones a nadie. Más nos valdría dejar de hablar de Podemos y ponernos a solucionar los problemas de cara. Porque seguir culpando a este partido e incluso conseguir que mucha gente se lo crea no será nunca suficiente para quitarnos unos problemas que pronto empezarán a dejar muertos en la calle. Seguro que también por culpa de Podemos.

Análisis político Cultura y reseña de libros Economía y sociedad Publicaciones académicas

Cómo se gobierna España

imagen.phpLa Editorial Comares acaba de publicar mi libro “¿Cómo se gobierna España?” Pese a que tardará unos cinco días más en aparecer en las librerías, en Amazon y demás repositorios digitales, quiero hacer una breve reseña de su contenido para comunicar al lector qué puede encontrarse en caso de hacerse con un ejemplar.

El libro es una versión resumida de mi tesis doctoral (“Fundamentos estructurales de los gobiernos democráticos…”), realizada entre el año 2012 y el 2014 en la Universidad de Málaga. La tesis (y el libro) analizan y describen las formas de dominación legal en España en función del partido político en el poder y del contexto económico y social.

Las conclusiones no son especialmente halagueñas: PP y PSOE presentan tantas diferencias como parecidos; si bien cada uno de los partidos recluta a integrantes gubernamentales de diferentes grupos influyentes, ambos hacen lo mismo, es decir, administran el poder durante cuatro años y permiten que determinados grupos de interés se cuelen en la democracia totalmente blanqueados, es decir, legitimados con nuestro voto. Se trata de la banca, como está sucediendo en estos momentos (¿por qué se producen tamaños rescates si no?), pero también de los altos funcionarios (fuertemente ideologizados), de los sindicatos mayoritarios, de los poderes territoriales y de las instituciones de la Unión Europea, entre otros.

De esta forma, una buena parte del ejercicio de gobierno no depende de las decisiones de los electores, sino que hay poderes fácticos que se mantienen presentes independientemente de lo que votemos. Y  cuando lo hacemos y cambiamos al partido en el poder político, solo alcanzamos a modificar los poderes no electorales que de todos modos acaban dominándonos. El gobierno, de izquierdas o de derechas, siempre será gobierno y, por tanto, siempre consistirá en una dominación legal alejada de las formas idílicas de democracia que encontramos en las definiciones del diccionario. Si queremos algo distinto, tendremos que ser primero conscientes de lo que tenemos.

Nada nuevo bajo el sol, ¿no? Pues esto son las ciencias sociales: a veces más sociales que ciencias, dan lugar a investigaciones que producen resultados que las personas inteligentes ya conocen pero que, frecuentemente, no son conscientes de saber. De esta forma, esta contribución al conocimiento social sirve, al menos, para confirmar las sospechas de muchos que, sometidos al bombardeo de los medios, no tienen tiempo para pararse a reflexionar y para ser totalmente conscientes de lo que nos sucede.

Estoy dispuesto a hacer todas las presentaciones, charlas y debates necesarios para divulgar estas ideas. Si estás interesado, puedes enviarme un correo a villenaoliver@gmail.com y estaré encantado de responderte.

Muchas gracias.

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Otra corrupción es posible

ignacio-gonzalez-abc--644x362Estas semanas están siendo muy animadas en lo que a noticias de corrupción se refiere. Se podría afirmar que están saliendo casos de personas que no habían sido imputadas antes, pero que encajan perfectamente en su nuevo papel.

A uno, que está bastante limitado de recursos económicos y que, además, está acostumbrado a vivir con pocas cosas -pero que, no obstante, son suficientes y de sobra para una existencia sencilla y satisfactoria-, le sorprende el ensañamiento, la codicia y la agonía de quienes, desde puestos de poder en principipo democrático, han puesto en marcha todos los resortes posibles para ganar muchísimo dinero. Tantísimo, que llega ese divertido punto paradójico en el que no saben dónde meterlo, cómo gastarlo o de qué manera esconder los cuantiosos billetes.

Creo que la ciudadanía ha llegado a un punto de rebeldía e indignación en el que puede aspirar a demandar otro tipo de corrupción: “Porque otro tipo de corrupción es posible”. Maneras más sofisticadas, rastros menos evidentes, escasas exhibiciones de lujos, formas más valientes y honestas de aceptar los cargos cuando estos se presentan… Una corrupción propia de un país perteneciente a un club de ricos  como es, todavía, la Unión Europea.

Hay que ser optimista: las nuevas generaciones, que ya han estudiado más de un máster, pueden cumplir este reto. A ellas les corresponde el testigo de aspirar a robar sin dejar tanto rastro; a gastar lo hurtado en privilegios menos ostentosos; a repartirlo mejor entre sus colaboradores (como una suerte de socialización del robo); a hacer el mínimo daño físico posible y, por supuesto, y llegado el caso de la detención, a ser capaces de aceptarlo todo, a hacer una buena autocrítica y a prometer una actuación más limpia e inteligente en el futuro.

Igual que esperamos la regeneración de la democracia, de la socialdemocracia, del centro político y de la organización de los rebeldes kurdos en la costa marbellí, debemos exigir con todas nuestras fuerzas un modelo de corrupción ajustado al siglo XXI, que haga de la elegancia su razón de ser, algo que permitirá justificar su existencia y su pervivencia al margen de los pequeños esfuerzos que desde los tribunales y las autoridades se vienen realizando. Juntos podemos conseguirlo. Pásalo… e ilusiónate, joder.

Cultura y reseña de libros

Instrumental, una lección de piano que no deberías perderte

james-rhodes1--620x549Son las cuatro de la mañana… o puede que sean todavía las tres y media. Esos momentos son los peores para James Rhodes: si te despiertas a esa hora, te tienes que quedar en la cama prácticamente hasta las cinco, que es la hora a la que la gente normal empieza a hacer su vida. Y, después, estar todo el día como un zombi, como un perdedor mental, como yo qué sé…

Un día tras otro, este es el despertar del protagonista de “Instrumental”, unas memorias muy tempranas, pues su autor apenas ha sobrepasado los cuarenta años. Rhodes narra una historia que es, en realidad, un cuento de supervivencia: desde los cinco hasta los diez años, sufrirá violaciones y abusos sexuales que destruirán su infancia, su personalidad y que, además le dejarán durísimas lesiones físicas y letales daños emocionales.

Pero ni su modo de vida auto destructivo, ni sus fallidos intentos de suicidio ni el dolor de vivir con un descomunal peso de culpa y de vergüenza podrán -o al menos, por ahora, no han podido- con este músico vocacional. Con un talento desmedido por el piano y una inusitada capacidad para encontrar representantes y patrocinadores, Rhodes expía lo que nunca fue una falta propia a través del trance que le proporcionan sus versiones de las sinfonías de Beethoven, Mozart, Stravinsky o Bach, entre muchos otros. Estas verdaderas pruebas de la existencia de Dios para ateos y agnósticos serán la salvación de este músico perdido en un mundo de miedo, desconfianza, soledad y auto compasión.

“Instrumental” no es solo un libro que reivindica la democratización de la música clásica como forma de experimentar una vida más plena por parte de todos. Es una biografía, unas memorias que descubren cómo algunas personas han conseguido regresar de un lado oscuro de la vida del que frecuentemente no se habla correctamente y que se limita y que obtiene como respuesta episodios ocasionales de una indignación temporal que no aborda las causas reales.

James Rhodes recorre el mundo con un peculiar e innovador tipo de conciertos. Si tenéis ocasión de verlo, no la desperdicieis. “Find what you love and let it kill you”, afirma este pianista, mostrando el peso de la vocación o de nuestros verdaderos intereses en la vida que debemos aspirar a vivir. Una lectura más que recomendable o, como dicen los ingleses, “insightful” (inspiradora).

Sin categoría

Nada

A vec32083497es, los árboles no nos dejan ver el bosque. Entre tantas novedades editoriales rimbombantes, a veces hay que dejar un hueco a lo que se hizo en el pasado. Y por eso quiero dedicar unos minutos a comentar una obra recién leída que me ha dejado un hondo sentimiento de plenitud. Se trata de “Nada”, la novela de Carmen Laforet que en 1944 se llevó el Premio Nadal.

A veces puede merecer la pena comentar las circunstancias en las que se da con una obra de tal calibre. Hurté “Nada” -no es la primera vez que me llevo un libro de esta manera- de un rastrillo que unos jóvenes idealistas están realizando para expandir la cultura en el municipio de San Sebastián de los Reyes. A pesar de que fui casi inmediatamente descubierto (“¡el único que robaría un libro de aquí serías tú, Villena!”), decidí devorarlo y, solo quizá, devolverlo después.

El caso es que “Nada” no engancha prácticamente nada. No es precisamente un “thriller” que te arrastra de página a página. Pero una lectura más fina, más profunda, y más paciente, permite entrever que sobre el lienzo de la poco tranquila historia se pinta y se trazan realidades infinitamente más potentes que la trama principal. Andrea, la protagonista de la historia, expone a lo largo de la historia el éxtasis de su adolescente juventud, la explosividad de sus sentidos y lo doloroso y placentero que supone vivir de cara a sus emociones. Andrea describe paisajes de la Barcelona de posguerra que habitan mitad en su interior, mitad en el exterior. Sin ser ni mucho menos un experto en el tema, diría que la protagonista secuestra la trama para preñar una novela inolvidable del mayor impresionismo que puede caber en esta forma de hacer arte.

“Nada” fue una de las primeras bombas literarias del franquismo. Después vendrían muchas más. Había mucho que contar, pero también, mucho que callar, pues al servicio del pensamiento correcto había todo un ministerio de control y propaganda. Quizá el contraste entre la riqueza interior de Andrea y la podredumbre y la zafiedad de su entorno familiar pueda ser suficiente para trazar una dialéctica entre lo que podíamos haber sido y lo que de verdad éramos en España por aquellos tiempos.

No quiero contar mucho más sobre la novela de Carmen Laforet, pero quienes quieran disfrutar de una prosa enriquecida y nada redundante, empalagosa o repetitiva; quienes todavía crean en la fuerza de la verdad de los sentimientos crudos e inocentes de la adolescencia y quienes consideren un regalo divino disfrutar de la suerte de mirar una sucesión de cuadros inolvidables al tiempo que la trama alcanza su desenlace definitivo pueden hacerse con esta novela de formas más ortodoxas que las mías.

Ya sé que no doy para crítico literario. Ni para ladrón, todo hay que decirlo.

Sociedad y cultura

El que piense no sale en la foto

hombre_pensandoHace muchos años, un vicepresidente gubernamental que no estaba exento de verbo ni de inteligencia, Alfonso Guerra, pronunció lo que hoy es una frase algo manida y probablemente sacada de contexto: “El que se mueve no sale en la foto”. Eran tiempos difíciles: el Partido Socialista Obrero Español gobernaba por primera vez en la democracia inaugurada por la transición post franquista y había mucho que hacer. Primaba entonces la disciplina de partido y no había tiempo para los versos sueltos, para polémicas consideradas ociosas ni tampoco para determinados matices.

Pero es que casi todos los tiempos, cuando se contemplan desde el presente, parecen difíciles. Y el respetar los acuerdos políticos, morales y, en consecuencia, los verbales, acaba compensando, pese al prurito de prostitución personal que uno detecta entretanto paga por tamaño billete de entrada a la sociedad.

Tiempos como el presente son de verdad complicados. Cómo no. Pensar, emitir opiniones originales, irreverentes, disonantes, atrevidas, arriesgadas, irrespetuosas e incluso civilmente suicidas aportaría bastante a unos lectores que, a base de ver lo mismo todos los días, hemos acabado programados para repetir los mismos estímulos-respuestas; como si fuéramos esos zombies que por algo siguen tan de moda…

Seguimos, en nuestra pasividad construida a base de pantallas (y a prueba de bombas, nunca mejor dicho), conquistados por esa identidad que equipara lo que aparece en estas a lo únicamente existente. Intelectuales mediáticos, sacerdotes de la izquierda en pleno y constante apocalipsis (lo suficientemente plastas como para seguir de sacerdotes eternamente), tertulianos-caricatura de programa-sainete con ribetes políticos, portavoces/zas sobreactuados supuestamente ofendidos por un determinado “abuso” sobre el medio ambiente, los toros, la igualdad, los derechos de no sé quién… (¿quién tiene derechos cuando los derechos más importantes los hemos dejado abolir al negarlos o al no defenderlos?)

Sería bueno poder poner fin a la letra de esa música a la que no queremos o no podemos renunciar. A esas cursiladas eufemísticas de ‘posverdad’, ‘participación ciudadana’, ‘crisis de valores’, ‘sostenibilidad’, ‘populismo’, ‘crisis’… Palabras que engañan, palabras que mienten… pero palabras que, de algún modo, nos mantienen, como el cordón umbilical, adeptos a la corriente mayoritaria, comprendidos, integrados y a temperatura corporal.

Pero es que ese cordón umbilical aspira por definición a romperse. O a ahorcarnos, si nos aferramos en exceso. Tenemos que poner en marcha un nuevo lenguaje y aplicarlo a las informaciones que nos llueven desde todos los puntos. Informaciones que se extienden por el mapa de Internet pero que vienen a decir prácticamente lo mismo siempre: no sabes, no entiendes, céntrate en los asuntos menores, que son los que están a tu alcance…

Son tiempos para el terror. El terror de la palabra que revela una verdad incómoda. Una realidad en la que figuramos, despojados de pantallas lobotomizadoras y avergonzados por lo que dejamos que ocurra. Tiempos, en definitiva, para que más de uno se lleve un buen susto. Porque esto sí que nadie se lo espera.

Economía y sociedad

¿Salir o no salir del euro?

Este sábado 7 de enero he publicado en Ctxt.es, Contexto y Acción, una entrevista al economista Stuart Medina Miltimore, autor del libro “El Leviatán desencadenado”. En la entrevista tratamos la salida del Euro. Medina es uno de los exponentes españoles de la denominada Teoría Monetaria Moderna. Para este, la soberanía monetaria, contar con un banco central al servicio de un gobierno democrático, permitiría a España salir de esta crisis eterna y rehacer el modelo productivo.

Obviamente hay muchos riesgos y letras pequeñas, pero para eso está el debate. La TMM desbanca viejos mitos de un pasado neoclásico y neoliberal que no ha sido capaz de prever ni la crisis ni su desarrollo, todavía en curso.

Os dejo aquí el enlace y os invito a participar en el foro y a preguntar cualquier cosa que os interese o que no entendáis. Gracias a todos y feliz 2017.