Vida cotidiana y postureo

¿Quieres salir conmigo?

untitledEs posible que Dani Rovira tenga un monólogo desternillante sobre este tema, pero eso no me impide plasmar la siguiente reflexión, que me lleva a unos recuerdos de hace bastante tiempo.

‘Pedir salir’ siempre me resultó muy difícil. Incómodo. Por la vergüenza, sobre todo. Era un trámite un tanto engorroso, obligado para muchos de los que teníamos quince años y bebíamos los vientos por alguien. Pasado el tiempo, es posible que guarde relación con el, para algunos, relativo deber de casarse sin haber practicado sexo: pedir salir significaba iniciar un camino, a ser posible corto, para el primer beso -y para el segundo. Desde luego: había gente que se besaba antes de pedirse salir, como modalidad harto más espontánea. El estar ‘saliendo’, en este último caso, podía darse a entender, siempre que hubiera pasión de por medio, o podía plantearse de manera explícita, cuando se tuviera un cierto afán de control o de certificación de que lo que estaba pasando estaba sucediendo realmente así (a veces, somos algo complicados).

Recuerdo la primera vez que pedí salir. Fue, al mismo tiempo, una de las últimas. Muerto de vergüenza, comprobé que ella, si no andaba igual de cortada, lo estaba mucho más. Lo primero: sugerir un tema de conversación trivial, como un comentario sobre el calor que hacía, sobre qué planes tenía para el verano… sobre la inminente guerra de la antigua Yugoslavia (muy efectivo). Como en muchas otras ocasiones, yo debí de hacerlo relativamente mal, pues después de un comentario sobre un tema trivial pasé directamente a una pregunta que deslicé como se desliza con toda probabilidad un monopatín sin ruedas por un pedregal. El maldito interrogante comenzaba ya a arañarme el esófago. La fórmula empleada para convertirme en el embajador temporal de Cupido, como la de la coca cola (de la que hablábamos, por cierto, en la anterior entrada), no será aquí revelada.

Normalmente y a aquellas edades, este tipo de ‘atrevimientos’ suelen estar bastante pactados. Como todo en la vida, en realidad: los que arriesgan de verdad suelen ser una minoría, muchos menos de los que lo cuentan. “Pídele salir, que te va a decir que sí”, me decían algunos amigos hechos consejeros sin experiencia en la materia, o ese tipo de conocidos tan ubicuos y tan dados a disfrutar del papel de intermediarios. Muchos de estos últimos han terminado, de manera consecuente, como brókers en el mercado de las divisas… o como ‘dealers’ en el de las drogas de debajo de los puentes de los arroyos…

El caso es que, como la transición a la democracia, todo parecía atado y bien atado. Pero, de repente, el cordel no estaba por ninguna parte.

“No te conozco bien”, me dijo.

Aquello era una paradoja, pero no quise hacérselo saber para no caer en abstracciones que, bajo el solano, amenazaban a la salud de aquel proyecto amoroso. Me decía que no porque no me conocía bien pero, dadas las cosas -no estábamos en el mismo grupo de amigos-, ‘salir’ representaba la única forma de que nos conociéramos. ¿Sabía lo que decía? Poco consciente de la trampa argumental, decidí creerme la parte positiva del mensaje, con una ingenuidad suficiente como para contratar a Paco Correa como organizador de mi fiesta de cumpleaños y dejarle para ello la tarjeta de crédito de mis padres. Con la nueva empresa de darme a conocer, de hacerle saber de mis encantos personales y espirituales, me esforcé durante un mes en infructuosas apariciones entre unos amigos suyos que me veían como un personaje poco apto como pretendiente.

El hechizo y la ingenuidad prolongaron la agonía del amor en aquel largo y emocionante estío. Una mañana de domingo se confirmó la catástrofe: a través de un emisario telefónico, esta chica -que no nombro por su seguridad y, además, porque no me acuerdo demasiado bien de cómo se llama- me hizo saber que había pasado página. Según lo declarado por este mediador enormemente diplomático (al que tuve que llamar yo, menuda forma de enterarme), ella andaba algo “agobiada” recientemente con “muchas cosas” que hacer -estábamos a mediados del mes de agosto y no pasábamos de la quincena. Decepcionado, belicoso y armado con una bicicleta, me presenté por mi cuenta en las cercanías de su lugar de residencia para saber ‘la verdad’. Era tal mi valentía que cuando marchaba hacia mi destino fatal -todavía me creía capaz de ‘salvar los muebles’, me decía-, veía en los cristales de los coches reflejado al Cid Campeador y al Ché Guevara al mismo tiempo. Estos inspiradores guerreros no me valieron para mucho: la pobre chica, al borde de solicitar las por entonces más raras órdenes de alejamiento, suscribió ante mí palabra por palabra las declaraciones del intermediario y se marchó sin dejarme apenas la posibilidad de réplica. Una réplica que, dadas mis capacidades de oratoria en las distancias cortas, no hubiera servido precisamente para desquitarme del chasco…

El tiempo pasó y los vientos del verano se tornaron otoñales, como pasa cada doce meses, lo suficiente como para que demos una especial y emocional importancia a este periódico fenómeno. La vi por el colegio, pero ya no quedaban opciones exceptuando el secuestro. Esta chica debía caer en el olvido: la adolescencia y la futura madurez me reservaban placeres ignotos: pero yo me resistía a ceder; no quería que se me olvidara. Otra vez el Cid. Y el Ché, con medio kilo de plomo en la selva boliviana. Para colmo, el hermano de mi otrora musa potencial, compañero mío de clase, enterado del asunto y dotado de una lengua viperina, se ocupó durante algunos meses de recordarme lo dudoso de mi hazaña.

Dicen que las primeras historias de amor nunca se olvidan. Para mí este es un relato frustrado, pero no del todo descartable. Recordar aquel temblor de tierra debajo de mí, aquella ilusión casi desnuda, así como aquella estúpida seguridad que me llevaron a proponerle matrimonio adolescente no tienen precio a días de hoy. No fueron correspondidos, pero sí fueron reales. Las caras de mis amigos, tan bobas como la mentalidad de sus propietarios, que meses después tendrían que hacer lo mismo que yo o cosas mucho peores… Las llamadas telefónicas desde aparatos fijos no menos tontas, con el ‘qué le has dicho’ y ‘por qué te ha respondido eso’. Las esperas, las esperanzas, el amargo final, en realidad, no tan amargo…

El dolor duele. No cabe duda. ¿Pero acaso no compensa? En aquel verano íbamos en bici a todas partes y creíamos haber descubierto la pólvora con nuestras andanzas. Teníamos razón. En esa inocencia, en esa credulidad de quien se considera el primer Romeo o la segunda Julieta empoderada están la fuerza de los Cid Campeadores, de las Juana de Arco o de los Ché Guevara que, pese a andar pasados de plomo, siguen moviéndose, bien sea para salvar los muebles, bien para saber la verdad. La única moraleja efectivamente aplicable que pienso extraer es que no es aconsejable mirar cómo se refleja uno en los cristales de los coches mientras se marcha en bicicleta por la carretera: porque a veces esos cristales pueden cobrar vida. La DGT está conmigo: si pides salir, hazlo con moderación.

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