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Cuando la coca cola se nos salía por las narices

fiestas-cumpleaños-juegosCuando éramos pequeños, siempre nos hacía ilusión ir a los cumpleaños de nuestros amigos. Eran fiestecillas que tenían lugar en la morada de quien pasaba a tener un año más a partir de ese día. Con unas mesas que se hacían estrechas porque en ellas aquellos platos blancos de plástico, con ‘drakis’, con ‘medias noches’ y con trozos de queso y jamón de york, se apelotonaban para dar de comer a una auténtica piara de amigos y de compañeros de clase que, sintiéndose libres de la evaluación paterna, podían llegar a comerse cualquier tipo de plato rechazable durante la vida rutinaria y vigilada.

No era raro que, si las cosas iban medianamente bien, se cayera alguno de aquellos vasos de plástico al suelo, volcando la coca cola y forzando a los padres de quien fuera a sacar la fregona. La coca cola en el suelo, cuando no era atendida a tiempo, dejaba un poso, una especie de pasta pegajosa que nos gustaba pisar aunque fuera por morbo. No había un buen cumpleaños en el que un niño (o una niña, joder) no tirara, al menos, alguno de esos vasos.

Quizá menos frecuentemente, pero como consecuencia del ambiente distendido, de la diversión o de la oportunidad de ver a tus compañeros de clase en un ambiente distinto al de las aulas, nos partíamos, en ocasiones, de risa. Y eso hacía que a algunos la coca cola se les saliera por la nariz. Algo que podía resultar desternillante para los demás, pero que no era precisamente agradable al portador de este líquido elemento del capitalismo del siglo veinte.

Cómo era la coca cola cuando éramos pequeños. Nuestros padres, que nos cuidaban bien, no nos dejaban tomar más de un vaso al día, o a la semana… Y en los cumpleaños nos encontrábamos con toda la que queríamos, aunque a veces no estuviese todo lo fría que pudiéramos desear. En estas fiestas, la coca cola se devaluaba: había una cierta euforia porque podías beber casi todas la que quisieras. Por eso, probablemente, la dejábamos pasar por nuestro tabique nasal. Seguramente algunos niños, al hacerse mayores, han permitido que su tabique se socialice con otro tipo de sustancias cuyos nombres comienzan de manera parecida pero que terminan de manera muy, muy diferente.

En fin, cumpleaños. Coca cola y amigos. Y a mí, que ahora no me gusta cumplir ni una semana. Los vasos que se caen ahora se rompen, como se destrozan algunas cosas que antes eran casi, casi de goma. Y la coca cola tiene un sabor alcohólico. Y no se nos sale por las narices. Será que bebemos mejor. Que nos reímos menos. O que ya no somos tan amigos. Ya sabemos por dónde empezar, y no parar hasta que repitamos aquellas hazañas dudosas, pegajosas y, qué tontería, un poquito vergonzantes.

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