Sin categoría

Nada

A vec32083497es, los árboles no nos dejan ver el bosque. Entre tantas novedades editoriales rimbombantes, a veces hay que dejar un hueco a lo que se hizo en el pasado. Y por eso quiero dedicar unos minutos a comentar una obra recién leída que me ha dejado un hondo sentimiento de plenitud. Se trata de “Nada”, la novela de Carmen Laforet que en 1944 se llevó el Premio Nadal.

A veces puede merecer la pena comentar las circunstancias en las que se da con una obra de tal calibre. Hurté “Nada” -no es la primera vez que me llevo un libro de esta manera- de un rastrillo que unos jóvenes idealistas están realizando para expandir la cultura en el municipio de San Sebastián de los Reyes. A pesar de que fui casi inmediatamente descubierto (“¡el único que robaría un libro de aquí serías tú, Villena!”), decidí devorarlo y, solo quizá, devolverlo después.

El caso es que “Nada” no engancha prácticamente nada. No es precisamente un “thriller” que te arrastra de página a página. Pero una lectura más fina, más profunda, y más paciente, permite entrever que sobre el lienzo de la poco tranquila historia se pinta y se trazan realidades infinitamente más potentes que la trama principal. Andrea, la protagonista de la historia, expone a lo largo de la historia el éxtasis de su adolescente juventud, la explosividad de sus sentidos y lo doloroso y placentero que supone vivir de cara a sus emociones. Andrea describe paisajes de la Barcelona de posguerra que habitan mitad en su interior, mitad en el exterior. Sin ser ni mucho menos un experto en el tema, diría que la protagonista secuestra la trama para preñar una novela inolvidable del mayor impresionismo que puede caber en esta forma de hacer arte.

“Nada” fue una de las primeras bombas literarias del franquismo. Después vendrían muchas más. Había mucho que contar, pero también, mucho que callar, pues al servicio del pensamiento correcto había todo un ministerio de control y propaganda. Quizá el contraste entre la riqueza interior de Andrea y la podredumbre y la zafiedad de su entorno familiar pueda ser suficiente para trazar una dialéctica entre lo que podíamos haber sido y lo que de verdad éramos en España por aquellos tiempos.

No quiero contar mucho más sobre la novela de Carmen Laforet, pero quienes quieran disfrutar de una prosa enriquecida y nada redundante, empalagosa o repetitiva; quienes todavía crean en la fuerza de la verdad de los sentimientos crudos e inocentes de la adolescencia y quienes consideren un regalo divino disfrutar de la suerte de mirar una sucesión de cuadros inolvidables al tiempo que la trama alcanza su desenlace definitivo pueden hacerse con esta novela de formas más ortodoxas que las mías.

Ya sé que no doy para crítico literario. Ni para ladrón, todo hay que decirlo.

También podría interesarte

Ninguna respuesta

Responder